Monogràfics

Jane Austen | Lizara García

Avui teniu la sort de llegir el primer monogràfic. Dic sort perquè la persona que l’ha escrit sé de ben segur que vos robarà el cor. Els monogràfics van ser tot un repte per mi: volia un format que s’allunyés del tot de qualsevol article de la Wikipedia i alhora que sortís de l’admiració absoluta cap un autor. És a dir, que sortís de la subjectivitat, del propi historial de lectura, de lectures sinceres. TOTS tenim lectures que ens han canviat per dins, que ens han fet companyia, que fins i tot ens han fet prendre decisions. Tots tenim autors que ens fan brillar els ulls. Jo em vaig proposar anar a buscar a aquelles persones i fer-les parlar una mica. Preparau el moment i gaudiu de Austen i de la Lizara.  

Escrito por Lizara O. García Angulo (Estudis Literaris, UB)

Una cita

‘I cannot speak well enough to be unintelligible / No sé hablar lo bastante bien como para resultar ininteligible’ [La abadía de Northanger, 1817]

Dos ediciones

Me duele en el alma abrir el monográfico con una confesión, pero aquí va: la escasísima profundidad de mi bolsillo me obliga a ser muy poco caprichosa con las ediciones que leo. Sólo había una copia de Emma en la biblioteca de mi pueblo; dejé de lado cualquier orgullo y prejuicio y me compré la obra maestra de Austen de segunda mano (la portada era particularmente espantosa). Así que, de tapa dura, voy a sugerir las ediciones de Penguin Classics diseñadas por Leanne Shapton que llevo mirando con deseo desde que comencé la carrera (me fío de Penguin y estas portadas son mis favoritas hasta hoy).

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De tapa blanda, voy a recomendar una edición poco práctica, pero a la cual tengo un cariño infinito: es en dos tomos, publicada en 1924 en la Colección Universal de Calpe, y me la regalaron dos compañeras de clase que saben cuánto me pierden las ediciones antiguas.

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¿Qué tiene Jane Austen?

Austen no está en el panteón literario por casualidad. Las características de sus novelas son como una constelación de virtudes: por separado son valiosísimas, pero es el conjunto el que deslumbra. Aún así, hay un aspecto en concreto de ella que encuentro especialmente magnético, y ese es su estilo.

Me explico: no recuerdo una época de mi vida en la que no haya estado enterrada viva entre libros, pero la forma de explicar la literatura en la escuela consigue hacer que novelas que a los veinte años me han tenido noches enteras sin dormir suenen soporíferas cuando tienes catorce. Justo con esa edad agarré por casualidad Sentido y Sensibilidad, y fue esta lectura la  que me ayudó a desmitificar los clásicos de la mejor manera posible. Austen le quitó el polvo de un soplido a cientos de autores que había catalogado como ‘serios’ (y por lo tanto, muy aburridos, y muy alejados de cualquier asunto que a mí me interesara).

¿Cómo lo hizo? Con el estilo más fresco, ingenioso, inteligente y genuinamente divertido que había leído hasta entonces. Esperaba encontrarme doscientos años de carcoma literaria, y lo que descubrí fue a una autora que me hacía cómplice de una historia entretenida, que se tomaba en serio sólo lo justo, que buscaba que me riera con ella igual que lograba que contuviera la respiración cuando sus personajes estaban en apuros. Supongo que por eso puedo recomendarla sin medida y es adorada por todos, sin importar su historial de lectura: Austen no renuncia a la más alta calidad literaria, pero tiende la mano a todo tipo de lector.

Un personaje

Va a sonar muy poco original, pero para mí, el personaje por antonomasia de Jane Austen es Lizzy Bennet, la heroína de Orgullo y Prejuicio. De nuevo, creo que tiene que ver con la idea y las expectativas que tenía yo acerca de los clásicos de la literatura. Lizzy no está libre de defectos (no es una queja; es precisamente lo que la convierte en un personaje tan interesante) pero es una chica joven que decide que se va a conceder a sí misma una dignidad que la sociedad del momento le niega. Quizás si hubiera abierto estas novelas a los veinte, me decantaría por Elinor Dashwood, o por Mr. Knightley, o por Mr. Tilney… pero Jane Austen, en mi mente, está unida al recuerdo imborrable de una heroína serena, segura de sí misma, despierta, amable y compasiva, pero firme a la vez. Sus acciones pueden resultar incomprensibles al resto de personajes, pero la novelista siempre está de su parte. Cuando tienes quince años, Lizzy Bennet es irresistible; cuando tienes veintidós… te das cuenta de todo lo que le debes.

Si te ha gustado Jane Austen, te gustará…

¿Y qué hace una cuando ya ha agotado la no muy extensa obra de Austen? Entonces, una toma aire y comienza la única novela por la que yo sería infiel a mi adorada Jane: Middlemarch, de George Eliot. Eliot es una pupila atenta de Austen, y todo lo que he alabado acerca del estilo y del ingenio de una es asimilado por la otra. Pero Eliot es ambiciosísima y se resiste a encerrarse en un salón de té: Eliot se sujeta las enaguas y se abalanza hacia la puerta y no hay tema en el mundo demasiado grande para su obra. Religión, política, economía, arte, historia, la revolución industrial… Si algo me fascinó de Middlemarch era cómo lograba que no hubiera asunto poco interesante, que el lector sintiera una compasión (a veces inesperada) por todos los personajes, cuyas preocupaciones son tan diversas como las de la vida misma. Middlemarch es un libro extenso y está escrito con esa sobriedad inglesa tan característica, pero a mí me transmitió una energía casi sin precedentes.

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