Reseñas

Lecturas de verano

Este verano se presentaba emocionante. Aunque siempre han sido vacaciones escolares (no laborales), era una época del año en que desgraciadamente no leía mucho. Por una parte, lo achacaba a la falta de tiempo, pero en realidad creo que se trataba más de una falta de motivación importante.

Pero este año ya os dije que me había propuesto leer más, sobre todo ahora que ha vuelto – después de unos años – la aventura de la indecisión, de la próxima lectura. Y no me ha ido nada mal: el margen de acierto sido considerable.

Madmoiselle Fifi y otros cuentos de guerra, Guy de Maupassant

Empecé el verano metida en el género del relato, que, por cierto, me encanta. Cogí una edición de Alianza que había recopilado los cuentos de guerra de Guy de Maupassant. Y si el Maupassant de los relatos fantásticos (que os recomiendo muchísimo) ya me había gustado, éste no se quedaba atrás.

Tiene ese recurso naturalista de la observación, acompañado de una carencia de florituras innecesarias y al mismo tiempo ese arte que tienen los genios del relato, de la condensación, la sorpresa, la sentencia. Con la guerra franco prusiana de fondo, Maupassant te recuerda la crueldad humana, la intolerancia, el miedo, el carácter absurdo de las guerras y el fervor nacionalista. Todas estas cuestiones universales, el eco de las cuales no dejaban de retumbar en mis oídos, y dolían especialmente por su estúpida vigencia.

La insoportable levedad del ser, Milan Kundera

Me conmovió la respuesta que tuvo la fotografía de la Insoportable levedad del ser en las redes. Creo que ha sido la fotografía que más feedback ha provocado, y todo para explicarme que os había parecido la lectura de Kundera. La media estaba clara: había supuesto un antes y un después en vuestra vida.

En mi caso no ha sido tan así y explicaré porqué – o qué sospechas tengo –. Hace cuatro años, en una de las primeras clases de la Universidad me dijeron que sería incapaz de leer sin un lápiz en la mano. Como muchas otras cosas, el pronóstico fue acertado. Y al final te conviertes en una yonki de la herramienta, que sientes que incluso la escritura no será suficientemente duradera si no le haces la rayita debajo. ¿Y qué tiene que ver esto con mi experiencia de Kundera? Que analizaba a Nietzsche, veía referencias a otros libros que había leído, me fijaba en el tratamiento histórico. Y me di cuenta que si lo hubiera leído hace unos años me hubiera cambiado la vida y ahora sin embargo me suscitaba otra cosa (no menos importante).

Con los años de carrera he llegado a la conclusión sobre cómo la literatura nos construye: leer nos hace profundos como un pozo, y es un pozo que no se agota, sino que cada vez se hace más profundo. Y la profundidad es un rasgo muy escaso e increíble en las personas. Y por eso no me arrepiento de quedarme inmóvil cada vez que me preguntan cuál es mi lista de libros fundacionales, o mis libros favoritos. Creo que la literatura tiene el poder de aportarnos algo en cada etapa de nuestra vida, en cada necesidad concreta de aprendizaje e incluso, porque no, salvarte en un momento dado, de la intemperie moral.

Y este libro, querido Kundera, me ha llegado – ahora lo veo – en el momento adecuado, un momento en qué mi cabeza está llena de preguntas y toda yo me siento una incógnita. Y como todo buen libro, lejos de responderme ninguna, me ha planteado más y me ha complicado las que ya tenía. En definitiva, lo que llamábamos la lucha por la profundidad.

El nombre de la rosa, Umberto Eco

Podríamos hablar de El nombre de la rosa como un palimsesto. Como niveles de lectura que se van sucediendo y donde tú puedes escoger una, o unas cuantas. Y yo, que había oído hablar mucho de este libro, este autor, de su teoría y su técnica narrativa entraba en la obra como seguramente Eco quería que lo descubriera: sospechando, sospechando siempre. Y tengo que reconocerle todo el mérito, no puedo negarlo.

Pero también sé que cada lector tiene que ser sincero con sí mismo y reconocer no aquello que quiere encontrarse en un libro sino aquello que lo acaba sorprendiendo y retorciendo las entrañas. Y yo os podría hablar de intertextualidad, de semiótica, porque estaba preparada para este tipo de lectura y aun así he caído en la vieja trampa. Bibliófilos, aquí tenéis vuestra biblia. Nunca había leído una declaración de amor tan grande hacía el libro, no solo como contenedor de saber sino como objeto de culto, de transporte, de medio artístico. Y porque no, me he vuelto a enamorar de la dignidad de este bello oficio nuestro, de esta dedicación de por vida y de esta responsabilidad que adquieres la primera vez que un libro te cambia la vida. Y nunca está de más que te recuerden porque haces lo que haces.

Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg

Y después de tanta intriga, de tanta magnificencia, llegó Ginzburg. Me la habían recomendado porque me habían dicho que era el tipo de escritura que me gusta. Y salvando las distancias, pienso compararla. He sentido con ella lo que sentí con Rodoreda. ¿Y qué me gustó de la escritora catalana? Sobre todo, la manera de narrar en La plaça del diamant: una escritura como de carne cruda, que tienes que comerte porque tienes hambre. Son mujeres frías, que narran de la misma manera a muerte de un niño que la ingestión de un plato de comida. Y esa estética de lo mundano, a menudo de la cara fea del mundo, la saben confeccionar con tanta habilidad que terminas absorberlas. Las pequeñas virtudes te hacen deambular por el universo Ginzburg, y al menos yo tengo clara una cosa: me representa y me quiero quedar.

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