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La cova dels dies | ¿Cómo se enseña la literatura en los institutos?

Sí, sé que puede parecer extraño esta amalgama de título. No obstante, como ya os adelanté por Instagram, todo ha formado parte de un proceso natural que he intentado explicar de la manera más comprensible, ordenada y respetuosa posible (espero haberlo conseguido).

La cova dels dies, Marc Artigau [La cueva de los días]

La cova dels dies es una novela juvenil (La venden como crossover pero yo no la clasificaría como tal) de Marc Artigau. Esta novela empieza con dos acontecimientos cruciales: la protagonista, Julia, cumple dieciocho años. Aquella misma noche su abuelo, que la ha criado, muere. Lo que podría parecer una novela sobre lazos familiares pronto se teñirá de thriller e incluso de novela de aventuras. A partir de la muerte del abuelo, Julia dará cuenta de que no sabía nada de aquel hombre. Y no se imagina nunca que este evento la hará vivir un buen número de aventuras, entre ellas y la más importante, el descubrimiento de la cueva de los días.

¿Por qué me ha despertado tal interés? Porque uno de los motores de la aventura son los libros. Los clásicos están presentes de una manera fresca, nada forzada, emocionante, al contrario de cómo son presentados estos libros normalmente en las aulas, que no hacen más que perpetuar aquel prejuicio de que los clásicos son aburridos e ininteligibles. El día de la presentación, Marc Artigau dijo algo así, y cito de memoria: «La Odisea, bien explicada, puede ser tan emocionante como el fenómeno Juego de Tronos«.

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Estos elementos me llevaron a pensar que era un libro con una gran funcionalidad en la Biblioteca Escolar. Os contaré una pequeña anécdota lectora de un amigo, para ilustrar que nunca se sabe dónde puede surgir una conexión lectora. Este chico, durante su juventud, entre todas sus lecturas se encontró con una novela titulada Grimpow, que devoró y disfrutó. En los paratextos de la contraportada un titular decía: «El nombre de la rosa de la literatura juvenil». Ahora tiene unos veinte años y es un experto en Umberto Eco. Y a mí estas anécdotas me ponen la piel de gallina. Y los profesionales de la lectura (no sé si hago bien en incluirme) debemos aspirar SIEMPRE A CREAR ESTAS CONEXIONES. Y creo que este libro es una herramienta muy buena para hacerlo.

Por casualidades como esta, he tenido que leer el artículo La literatura en peligro de Tzvetan Todorov del diario l’Avenç. Cuando empecé Estudios Literarios nos hicieron leer el libro que habla sobre estas cuestiones de una manera más extensa, publicado por Galaxia Gutemberg. Preparar una entrada sobre la Cueva de los días y reencontrarme con las ideas de Todorov condenaron a escribir esta entrada tal como lo estás leyendo ahora.

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Casa del Libro

La literatura en los institutos

Antes de empezar quiero decir que esta es una reflexión general y propia, basada en mi experiencia y siendo consciente de que no todas las aulas son iguales y menos todavía los docentes. Por desgracia, o al menos esa ha sido mi experiencia, los docentes que me han hecho querer la literatura, son una minoría. Según Todorov, el gran problema de la enseñanza de la literatura es el reduccionismo imperante. Nos dedicamos a explicar la literatura para ejemplificar la enseñanza del lenguaje; Enseñamos las metodologías y las ejemplificamos con obras, en vez de leer y hacer un uso instrumental de la metodología. En palabras de Todorov, estamos más preocupados por el andamiaje que por el edificio.

Por lo tanto, la lectura siempre queda en un segundo plano. En las aulas acabas aprendiendo lo que han dicho los críticos de las obras, en lugar de que sean las obras las que hablen por sí mismas. Y a menudo, la reducción es aún más exagerada: los críticos se invisibilizan tras un libro de texto que no se cuestiona. Y la forma de evaluar no se diferencia mucho de esto: no se pregunta sobre el sentido del libro sino sobre elementos concretos, personajes, estructura (¿cuántas veces tengo tenido que responder en qué capítulo se encontraba el fragmento que aparece en el examen). ¿Cómo puede ser? ¡Nosotros no leemos así!

Tengo que avisar que el contexto de Todorov es un poco más «avanzado» que en este país, donde el estudio que impera es un enfoque histórico y nacional. En Francia, este tipo de estudio fue sustituido por un enfoque estructuralista (que se basa, a grandes rasgos, al considerar la obra como un artefacto con unas leyes y una lógica propias), no exento de problemas.

Según Todorov, este enfoque histórico y nacional, como reflexionó Marc en su entrada sobre teoría literaria, es sólo un estudio preliminar, nunca puede ser el todo sobre la obra, porque la estaremos entendiendo como una simple consecuencia y por tanto, volvemos al problema de la reducción excesiva:

“la historia literaria, es decir, fundamentalmente el estudio de las causas que conducen a la aparición de la obra: fuerzas sociales, políticas, étnicas y psicológicas de las que se supone que el texto literario es consecuencia; y también los efectos de ese texto, su difusión, su impacto en el público y su influencia en otros autores. Lo que se prefería entonces era insertar la obra literaria en una cadena causal”

La reducción, en mi opinión, también tiene que ver con la gran generalización y la escasa lectura. Recuerdo hablar de realismo, recuerdo ver un conjunto de nombres que se introducen todos dentro unas características comunes, como si todos escribieran igual: Galdós, Clarín, Narcís Oller, Pardo Bazán… Mucha descripción, profundamente objetivos y desde nuestro entender, profundamente aburridos. ¿Pero los habéis leído? ¿Como nos hicieron creer que eran iguales, que no eran más que aquellos elementos? Nos lo hicieron creer porque explicar por categorías es fácil y operativo. Pero sin duda se nos olvida que esta enseñanza basada en categorías previas sin ir acompañado de una lectura (ya no digo de libros enteros, ¡al menos de fragmentos!), que ayuden a matizar, a ver las grandezas propias de cada uno, sólo consigue una cosa: matar lectores por el camino.

Utilizando la literatura como ejemplo nos olvidamos de su verdadera grandeza. ¿Y si en vez de mostrarla solo como una herramienta en las aulas, como algo que no tiene nada en común con ellos, que está desligado de su mundo, les mostramos lo que la literatura puede hacer por ellos? Y como creo que no puedo explicarme mejor de lo que lo hace Todorov, aquí os lo dejo:

«Ahora bien, yo no creo que esta concepción haga justicia a la literatura, que puede hacer mucho más y mucho mejor. Puede darnos la mano cuando estamos profundamente deprimidos, conducirnos hacia los otros seres humanos que tenemos alrededor, hacernos entender mejor el mundo y ayudarnos a vivir. No es que sea, por encima de todo, una técnica de curación anímica; pero también puede, de paso y como revelación del mundo, transformar cada uno de nosotros desde el interior. La literatura tiene un papel vital que hacer, pero para ello hay que tomársela en aquel sentido amplio y sólido que prevaleció en Europa hasta el final del siglo XIX «.

En el máster de promoción de la lectura que estoy cursando, la biblioteca escolar es muy importante. Y los ejes sobre los que trabaja son tres: aprender a leer (que se trabaja en las aulas), leer para aprender (como nos pueden enseñar cosas los libros) y el más importante de todos: fomentar el placer lector (y es precioso porque no estamos hablando de obligarles a leer sino de enseñar a los niños a disfrutar de la lectura). En secundaria tenemos resuelto al menos la primera pata. En infantil y primaria trazamos un montón de estrategias preciosas dentro de la escuela, las bibliotecas públicas y las familias para fomentar este disfrute de la lectura. ¿Y si intentamos con más ganas mostrar a los jóvenes como disfrutar de la lectura?

En el bachillerato tuve que leerme una novela que según la profesora, era un clásico de la literatura catalana: La plaza del diamante se titulaba, de una tal Mercè Rodoreda, que según ponía el libro de texto se enmarcaba dentro de la novela psicológica. ¿Y sabéis qué? Mi vida cambió gracias a ese libro por dos razones fundamentales: en primer lugar, porque encontré lo que dice Todorov. Ya que estamos de confesiones diré que yo tenía ataques de ansiedad hasta hace poco. Cuando conocí la novelística de Rodoreda la ansiedad estaba más puñetera que nunca y entendí que los libros no hacen milagros, pero sí nos dan unas herramientas para comprender el mundo y a nosotros mismos que pocas cosas te dan. Y, en segundo lugar, cambió mi vida porque si estoy estudiando Literatura y dedico mi vida entera a los libros es porque ese libro entró en mi vida. Pero desgraciadamente debo confesar que aquí el papel del aula no hizo NADA. Fue una casualidad. Una lectura obligatoria que funcionó. Fui del tanto por ciento bajísimo que enganchas en una lectura obligatoria que es presentada en clase de manera insulsa, sin hacer justicia a la calidad y potencial de la obra.

Hoy en día, encontrarse con gente que decide estudiar letras de manera vocacional tras su paso por el instituto, es casi un milagro.

«Todos ellos participan de lo que Kant, en un famoso capítulo de la Crítica de la facultad de juzgar, consideraba un paso obligado del camino hacia un sentido común, que es como decir hacia nuestra plena humanidad: «Pensar poniéndose en el lugar de otro ser humano». Pensar y sentir adoptando el punto de vista de los demás, personas reales o personajes literarios, es el único medio para tender a la universalidad y, por tanto, nos permite realizar nuestra vocación. Por eso hay que fomentar la lectura por todos los medios, y eso incluye los libros que el crítico profesional juzga con condescendencia, o incluso con desprecio, desde Los tres mosqueteros hasta Harry Potter, novelas populares que no sólo han llevado millones de adolescentes a la lectura, sino que, además, les han permitido construirse una primera imagen coherente del mundo que – no nos pongamos nerviosos- las lecturas siguientes llevarán a matizar y a hacer más compleja».

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