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¿Qué hacer con la biografía de los autores?

Para muchísima gente es casi imprescindible buscar la vida del autor antes de leer el libro. Vamos a buscar cualquier cosa en Wikipedia para sentirnos más seguros a la hora de leer. Comentarios como «Leer su obra es leer su vida» o «para acabar de entender este poema hay que entender el momento personal del autor cuando lo escribió» están a la orden del día. Pensamos fríamente en alguna clase de literatura, algún club de lectura al que hayamos asistido, una charla … ¿Cuántas veces comienzan contándonos la vida del autor? ¿Cuántas veces, el tiempo que se emplea para tal fin no acaba siendo la mayoría del tiempo que se dedica a este autor? A menudo una clase sobre la Divina comedia acaba convirtiéndose en una clase sobre la vida de Dante.

Sin embargo, ¿qué pasaría si te dijera que no hay nada de todo esto? Hacemos un experimento: la próxima vez que leáis un clásico, espero que pronto, no leáis la vida del autor. Obviarla. Arrojadla a la basura. Intentad encontrar los significados de la obra sin conocer nada del autor. Os doy mi palabra de que no os estaréis perdiendo los significados profundos de la obra. Realmente, la vida del autor es algo que no nos interesa en absoluto a la hora de leer. Yo hace años y años que no las leo si no es por curiosidad personal de conocer la vida de una persona (separada de su faceta de artista). Normalmente no buscamos la vida de un arquitecto o de un músico para entender qué significa tal pieza de arte. ¿Por qué en literatura es 100% necesario?

Cuando he intentado explicar esto a amigos míos les cuesta mucho de entender, incluso alguno se ha puesto a la defensiva: es muy incómodo pensar que la única manera que tenemos de entender la literatura, de entender los autores y los libros, es falsa y en realidad no se sostiene. Pongámonos en situación: en el siglo XIX una fiebre científica lo inunda todo. Los nuevos conocimientos en psicología, en psiquiatría, la llegada de la teoría de la evolución, los descubrimientos en genética … hacen que incluso ramas del conocimiento no científico (como es el arte o la literatura) quieran subirse al carro de la ciencia exacta. Por este mismo motivo el estudio de la literatura necesita encontrar soluciones exactas a sus problemas y encuentran la solución en la vida del autor: si un autor estaba triste cuando escribió el poema quiere decir que el sentido último del poema es la Tristeza, como si el escritor escribiera sus poemas llorando a lágrima viva, clamando a los cielos su pena: como si hubiera una especie de causa-efecto sentimental que lo domina todo.
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Los autores, como sabemos, nos engañan. Los autores, como sabemos, fingen ciertas cosas y nosotros nos las creemos porque firmamos un pacto para no tener que estar cuestionando continuamente lo que se nos dice: pero es eso, nada más que un pacto que podemos romper. ¿Cómo podemos saber realmente si un autor estaba triste cuando escribió un poema? Tan y tan triste que su poema no significa nada más que tristeza. ¿Lo podemos saber a ciencia cierta? ¿Lope estaba profundamente enamorado cuando escribía sus sonetos de amor? ¿Y si en realidad sólo escribiera a la moda petrarquista del momento? Os pongo un ejemplo: ¿qué hacemos con los libros de autor anónimo? ¿Como los interpretamos? ¿Tiene sentido leer Homero o Shakespeare, de los que no sabemos prácticamente nada? Un caso famoso es el de la profesora de literatura hispánica Rosa Navarro que ha pasado gran parte de su vida buscando quién es el verdadero autor de El Lazarillo de Tormes y afirma saber quién es. Perfecto. Ahora que podemos afirmar a ciencia cierta (¿?) que el autor es Alfonso de Valdés, ¿qué hacemos? ¿Cerramos el libro y no lo volvemos a abrir nunca más porque ya han quedado resueltos todos los misterios? El Lazarillo sigue diciendo exactamente lo mismo con autor o sin, lo que tenemos es el texto y es a este a quien le podemos hacer preguntas y sólo con ello las podemos intentar resolver. El autor, sea quien sea, está muerto (como decía Roland Barthes) y nos da igual lo que pensara. Al final lo que queda es el texto. Y es curioso porque, normalmente, con autores vivos que no son «canónicos» no perdemos el tiempo en ir a buscar su vida para entender la obra. Un libro que se acaba de publicar tiene la suerte de ser independiente de la biografía de la persona que lo ha escrito.

Además, no debemos pensar que la literatura se ha estudiado siempre así y que esta es la única manera de estudiarla. Como os decía, es algo que surge en el siglo XIX que muchos países ya han superado por anticuada: en Francia impera sobre todo el Estructuralismo, en Inglaterra el New Criticism, mientras que en Estados Unidos imperan los Estudios Culturales. Todas estas corrientes son maneras de plantearse la literatura que han ido surgiendo a lo largo del siglo XX, mientras que en España lo que impera es un sistema radicalmente desfasado y superado. En Literatura Hispánica de segundo de Bachillerato recuerdo aprenderme las vidas de Quevedo, Lope o Cervantes de memoria y vomitar en un examen en el que tenía que hacer un comentario de texto! Y como os decía, es propio del siglo XIX: posteriormente ha quedado superado muchos lugares, pero ¿y antes? ¿Antes del XIX también se estudiaban las vidas de los autores? No. Dante, cuando nos quiere indicar cómo debemos interpretar su gran poema nos dice que debemos hacerlo a través del sistema de interpretación medieval según el cual todo texto bíblico tiene tres sentidos (o cuatro, según el comentarista). ¡Nada de la vida de nadie! ¿Y Aristóteles? ¡Cuando él nos habla de Esquilo o Sófocles en su Poética, no nos habla de sus vidas! Lo hace en términos formales de las tragedias que han escrito y los efectos que producen en aquellos que las ven.

Así pues, la próxima vez que toméis un libro «clásico» intentad no buscar la vida del autor. A ver qué pasa. Así evitaréis pensamientos como «el autor lo escribió desde el exilio ergo el personaje está enfurecido». Un caso paradigmática del que habla Harold Bloom es el de Emili Dickynson, una de las mayores poetas que nunca han existido y que a menudo ha sido reducida a «la loca que vive en una buhardilla». «¡Oh, pobre Emily! ¡Qué mal lo pasaba! ¡Oh pobre Emily! «. ¿Y sus poesías? ¿Sus poesías, llenas de luz, fuerza y ​​carga vital? ¿Dónde queda eso? Eclipsado por una vida. Lo que tenemos, repito, son los textos, no las vidas. Y lo mismo se podría decir de Virginia Woolf: «¡Oh pobre Virginia! ¡Cuán deprimida estaba! Oh pobre Virginia, que se acaba suicidando». ¿Y qué? ¿Tiene que ver La señora Dalloway -y la revolución textual que llevaba a cabo ella con todo esto? Woolf, que renueva las técnicas narrativas del siglo XX transformando la relación espacio-tiempo con el narrador se ha convertido para muchos en la Ofelia ahogada del cuadro prerrafaelita de Millais. Se ha convertido en una mujer cursi y débil.

Y lo mismo ocurre con las declaraciones de los propios autores sobre sus obras …. Pero eso ya merecería una entrada diferente. Espero que hagáis el ejercicio y comentéis vuestras sensaciones. ¡Liberaros de la biografía! ¡Saber qué marca de tabaco fumaba Proust no sirve de nada! Saber si Roald Dahl era un adúltero no cambia el sentido de Matilda, que en el fondo no deja de ser el siguiente: ¡leed, sed curiosos y, sobre todo, libres!

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