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Carmen Martín Gaite y la búsqueda del interlocutor

Emma Goldman supuso conquistar la libertad, intervenir en lo que de convulso tiene su época, militar y comprometerse a través de la literatura. Esta vez apuntaremos a los límites del espacio privado a través de la novela Entre Visillos de la escritora salmantina Carmen Martín Gaite, publicada en 1957. Lo que se gesta en esos puntos ciegos a puerta cerrada convierten, a mi parecer, a las mujeres de provincias de la obra en heroínas.

Además de tratar la lectura de Entre Visillos, me parece que no tiene desperdicio un pequeño ensayo, Desde la ventana, que puede ampliar el debate de lo que se genera en la obra, tratando el enfoque femenino en la literatura española.

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“Solamente uno que vive aquí metido puede llegar a resignarse con las cosas que pasan aquí, y hasta puede llegar a creer que vive y que respira. ¡Pero yo no! Yo me ahogo, yo no me resigno, yo me desespero.”

El programa televisivo A Fondo le hizo una magnífica entrevista a Carmen Martín Gaite allá por los ochenta. Os la recomiendo porque podréis conocer las claves de su vida como escritora y comprobar algo que me parece importantísimo en su labor: la continua búsqueda de interlocutor. En esta entrevista, precisamente, se refiere al valor testimonial de Entre Visillos, a ese retrato de una generación de muchachas de provincias durante el franquismo, que bien podría recordarnos a alguna historia o experiencia que hayamos escuchado en boca de nuestras abuelas o madres.

¿Por qué menciono primeramente esta comprensión de la obra como testimonio? Porque los testimonios implican la existencia de un observador, de un testigo que recoge los hechos, nunca de forma ingenua, pero también implican y requieren un interlocutor, un ávido oyente que afirme, niegue o complete la historia.

Leer Entre Visillos supone, desde mi punto de vista, completar el testimonio a través de nuestra actividad lectora. Incorporamos, desde nuestro tiempo presente, las tensiones que aún siguen existiendo en nuestra época. Así, dialogamos con Carmen, las chicas de la novela, que también son lectoras activas de su tiempo, y nuestras propias contemporáneas. Este juego y variedad de posiciones y puntos de vista, a través de las distintas narraciones, me parece fundamental en la obra y es una fuerza de articulación de la experiencia que dota a la novela de mucha riqueza. 

Ahora bien, yo me sentía perdida entre tantas voces, incluyendo la mía. Necesitaba un elemento ordenador, un asidero. Lo cierto es que, por una suerte de correspondencia, una imagen muy fuerte atravesó toda mi lectura: me encontré pensando en ese cuadro de Vermeer de 1657 en el que una chica lee una carta a la luz que entra por una ventana abierta. Más allá de las reuniones con amistades y familia, de su ajetreada vida en el pueblo, me imaginaba a todas las chicas de la obra convergiendo en un mismo espacio: la intimidad de sus habitaciones que les permitía, más que ningún otro lugar, el desarrollo de sus propios deseos y sueños en continuo diálogo y enfrentamiento con el exterior. Esa tensión queda señalada por la ventana, límite entre dos mundos, por eso este cuadro me parece un ejemplo perfecto de todo lo que la obra pone en movimiento. Además, Carmen Martín Gaite ya desarrolla esa visión de la mujer ‘ventanera’ en el ensayo que indico al principio.

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Foto: Electric Objects

De esta manera, las distintas voces se ordenaron. Pensé que esa ventana simbólica es un elemento que distribuye los anhelos, los deseos y temores de las muchachas en función de su resistencia al enclaustramiento, en función de su atracción hacia el mundo externo.

Precisamente, muchos de los cuadros de Vermeer están llenos de mujeres dedicadas a labores del hogar. Todas están influenciadas por la luz de una ventana colocada en un lateral y esta luz es una estrategia concreta del pintor. Tanto en Vermeer como en Martín Gaite, la ventana es una herramienta, en el caso de la obra que nos ocupa sirve para contraponer puntos de vista: o bien la mujer está lejos de ella, aunque todo lo que hace es bajo esa luz influencia, o está cerca como en espera de algo; como la chica del cuadro o como Elvira cuando mira desde el balcón:

“Le hubiera gustado ver de golpe a sus pies una gran avenida con tranvías y anuncios de colores, y los transeúntes muy pequeños, muy abajo: que el balcón se fuera elevando y elevando como un ascensor sobre los ruidos de la ciudad hormigueante y difícil. Y muchas chicas venderían flores, serían camareras, mecanógrafas, serían médicos, maniquíes, periodistas, se pararían a mirar las tiendas y a tomar una naranjada, sus compañeros de trabajo se perderían entre los transeúntes, irían a tomar un tranvía para llegar a su barrio que estaría muy lejos.”

Digamos que todas las mujeres que recorren la obra están entre dos mundos, entre visillos, atrapadas en el interior del contexto de sus hogares-época; fascinadas por las posibilidades de lo de afuera, acercándose o alejándose de la ventana que ejerce de resistencia y espolea la rebeldía. La diferencia, a mi parecer, entre las mujeres de los cuadros de Vermeer y las mujeres de Martín Gaite es la relación con el espacio interior. Las mujeres de Gaite no soportan el encierro, la amenaza está dentro, ya sea por las presiones de la sociedad, que viven en silencio, ya sea por los opresivos lazos de parentesco. En cambio, las mujeres de Vermeer me parecen apacibles, tranquilas, hasta mansas. El espacio interior se constituye como idílico en Vermeer. A las mujeres de Martín Gaite las imagino, literalmente, tirando la casa por la ventana, en este caso lo idealizado está fuera.

Ese anhelo por querer salir no deja de acentuar la introspección de los personajes, especialmente Natalia, volcada en su diario o Elvira, eternamente ensimismada en la cama de su habitación. Así, el deseo y la ensoñación son motores fundamentales en la obra: se desea aquello que está más allá, que no queda a nuestro alcance, que se aleja de nosotros. Soñamos lo que no puede incorporarse a nuestra vida, lo que no podemos doblegar a nuestra voluntad. Deseo y sueño son fuerzas que trabajan para incorporar lo externo, lo ajeno, fuerzas que hacen estallar lo íntimo.

Si volvemos al cuadro, me parece que esa experiencia queda cifrada en la carta, un elemento que viene del exterior y que contrapone nuestra historia con otra historia, nuestro deseo con la imposibilidad de salir victoriosas si se proyecta en el mundo. La carta leída a la luz de la ventana genera el desajuste porque interrumpe lo que naturalmente seguía su curso: la rutina del hogar. En palabras de Gaite, se trata de quebrar el propio punto de vista para ampliarlo.

De repente, leyendo fragmentos de Natalia o Elvira me imaginaba al otro lado de esa ventana simbólica, observándolas, pero esa ventana está cerrada, puedo verlas y puedo ver también mi propio reflejo. Quiero gritarles, pero solo puedo ser lectora, solo puedo acercarme a su ventana y tratar de comprenderlas y, con suerte, comprenderme. Aquí reside también la importancia del interlocutor: la obra abre ventanas y estoy invitada a asomarme, mi mirada no es ingenua, completa el paisaje o llena vacíos.

 

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