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¿Para qué leer teatro?

No os miento si os digo que el género literario que disfruto más leyendo es el teatro. Hay poesía que me gusta, y mucho, pero suele ser poca, mientras que la novela o el relato a menudo me dejan frío. En cambio, el teatro me fascina, lo devoro y me hace leer de una forma que no consigo con ningún otro género literario. Y es curioso: a menudo me gusta mucho más leerlo que verlo. Una vez, un amigo al que aprecio muchísimo me dijo que eso de leer teatro era una tontería: que sólo si se veía representado tenía un sentido completo. Esta entrada la quiero dedicar precisamente al noble y despreciado acto de leer teatro e intentaré contagiaros la necesidad de hacerlo.


En primer lugar, me gustaría dejar claro que la definición que suele darse en los institutos de la palabra «teatro» es falsa. Pero quién puede culpar a los maestros si es la misma que ofrece la RAE (y el DIEC) como definición de «literatura dramática»: «Género literario al que pertenecen las obras destinadas a la representación escénica». Y eso, amigos, no es cierto: el teatro no se concibe para ser representado; El teatro puede ser representado, que es muy diferente. ¡Sería como decir que la poesía es aquel género literario al que pertenecen las obras destinadas a ser recitadas, y eso sí que lo encontraríamos del todo absurdo! Un profesor que he tenido de teoría del texto teatral dijo que el teatro es como las mujeres: las mujeres pueden tener hijos, pero en ningún caso esta posibilidad es lo que las define.

Precisamente por ello, si el teatro sólo tuviera sentido en su condición de representación nos perderíamos gran parte de la literatura dramática jamás escrita. Hay grandes obras que en el panorama catalán no se han representado jamás o lo han hecho de una manera inefable (pienso, por ejemplo, en el Ricardo III dirigido por Xavier Albertí en el TNC). Ricardo III no es aquello. Y es que todo espectáculo teatral ha pasado por el filtro del director, que reinterpreta el texto y activa los mecanismos que a él le interesan. Por eso hay espectáculos brutales que transforman de manera muy estimulante los sentidos de una obra, como fue el Richard III de Ostermeier, y otros que simplemente decepcionan. Es como si el texto fuera una piedra de jade para pulir: informe y sucia, pero que contiene todo el espesor y profundidad del color verde propio de este mineral. Después cada director la pulirá y le dará la forma que quiera: unos la convertirán en algo maravilloso y nos lo harán ver como no era posible hasta entonces, mientras que otros la agrietarán y terminará por romperse.

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Además, leer un texto teatral tiene varias virtudes, la principal de las cuales es que no molestan las malas actuaciones, las direcciones pretenciosas, las escenografías absurdas y vacías o la iluminación deslumbrante. Personalmente, poco de lo que se hace últimamente en materia de teatro me suele gustar mucho, así que prefiero leer la obra y ser feliz. ¿Cuántas veces la cantinela actoral, tan típica nuestra por otra parte, no se nos ha hecho insufrible? Para mí, esta es la gran virtud de leer teatro: el escenario está en mi cabeza, y me puedo imaginar como yo quiera la representación. No hay nada imperfecto, en tanto que lo que nos imaginamos es lo que nosotros pondríamos delante del público.

Pero más allá de las virtudes que el narcisismo nos hace ver hay otras virtudes, exclusivas del proceso de lectura e imposibles de encontrar en ningún otro lugar. Parecerán cuestiones evidentes, pero no lo son tanto … Es evidente que en una representación no podemos pedir a los autores que paren un momento, que tenemos que digerir lo que han dicho. Tampoco podemos pedir que repitan las cuatro o cinco últimas intervenciones porque hay una señora que tose y no hemos podido escuchar bien lo que han dicho justo en el momento culminante de la obra. Todo ello, si lo leemos, no pasa. Hay monólogos de Shakespeare de una espesura lírica, filosófica y dramática tal que necesitan ser masticados con calma. El primer monólogo de Ricardo III necesita de varias lecturas, interpretaciones, meditaciones … Y cuando lo leemos tenemos la suerte de poder ir desgranando palabra por palabra lo que se está diciendo. «Now is the winter of our discontent»: así comienza Ricard, y parece que no, pero hay muchísima información en este solo verso. El problema lo encontramos cuando en una representación intentamos reflexionar sobre ello, pero ya nos encontramos que el actor está recitando el siguiente verso: «Made glorious summer by this sun of York». Y otra vez nos pasa lo mismo. Y así en una cadena continua que no se acaba hasta el final de la obra. Mientras que, si yo lo estoy leyendo, puedo releer, detener, anotar

Pero lo que son sin duda una delicia, y muy a menudo esconden una gran cantidad de sutileza y magia, son las acotaciones. Cuando en la escuela hacen leer teatro siempre hay alguien que se encarga de leer las acotaciones. Este es su papel: acotacionista. Y siempre molesta. El pobre quiere su minuto de gloria diciendo: «entra» o «coge la botella», pero sólo hace que molestar. Cuando leemos teatro suele ocurrir que nos las saltamos, porque queremos saber cómo continúa el diálogo, pero poco a poco vamos descubriendo la magia de estas frases en cursiva y entre paréntesis.

Quizás alguna vez has podido ver una representación de Luces de Bohemia, de Valle-Inclán, ¿pero alguna vez ha leído sus acotaciones? Son pura poesía. La luz que nos describe no tiene nada que envidiar a ningún soneto de Baudelaire. Son mucho más que mera información para el director. Son perlas de alta literatura. Y esto, a no ser que el director sea muy brechtiano, no lo podemos ver en un escenario. Si viéramos la obra encima de un escenario, lo primero que escucharíamos sería la primera intervención de Max Estrella: «Vuelve a leerme la carta de Buey Apis». Mientras que, si leemos el libro, lo primero que encontramos es esto:

(Hora crepuscular. Un guardillón con ventano angosto, lleno de sol. Retratos, grabados, autógrafos repartidos por las paredes, sujetos con chinches de dibujante. Conversación lánguida de un hombre ciego y una mujer pelirrubia, triste y fatigada. El hombre ciego es un hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales, Máximo Estrella. A la pelirrubia, por ser francesa, le dicen en la vecindad Madama Collet).

¿Es o no es precioso?

Es bien sabido, sin embargo, que los autores barrocos no usaban muchas acotaciones, principalmente por dos motivos: el primero, porque muchos, como Shakespeare, estaban presentes durante los ensayos e incluso podían participar como actores y, por tanto, podían dar las direcciones directamente a los actores. El segundo motivo, porque las estrictas normas del clasicismo ya marcaban considerablemente lo que se podía hacer y lo que no, y por tanto no era necesario indicarlo en el texto porque se sobreentendía. Es curioso como la rigidez de las preceptivas propició que actualmente se puedan representar aquellos textos con total libertad precisamente porque faltan las acotaciones. Sin embargo, a veces, estos autores, nos dejan algunas perlas, como es la célebre acotación de The Tempest de Shakespeare, cuando el autor indica: «Entra Ariel, invisible, cantando y jugando.» Porque las acotaciones, como Ariel, también son invisibles, pero todas cantan y juegan con nosotros.

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