Artículos,  Espacio Púrpura

Carbón Animal, Ana Paula Maia

Me encuentro inmersa en Abalurdes, “fuera del mapa del descubrimiento, en el imaginario de unos pocos visionarios”, no-lugar casi apocalíptico donde la escasez impera y el fuego vuelve a ser la energía primigenia. Si indago en su horadada geografía, no encontraré abundancia. Lejos quedan aquellas palmeras donde canta el Sabia, lejos queda el sertão donde, a pesar de la pobreza y aridez, la comunidad se mantiene estrechamente unida. Me parece que aquí todo es un cuestionamiento de lo que hasta ahora había entendido como identidad brasileña. Recuerdo el infierno de Dante y sus numerosos círculos donde los castigados, inmovilizados, negocian el sufrimiento y su eternidad. Aquí en Abalurdes, el tiempo parece detenido en una pausa de muerte y ceniza; el aislamiento atraviesa su espacio como una plaga. Me pregunto si es posible saber las coordenadas reales de Abalurdes, si en sus proximidades encontraré vecinos o fantasmas del Brasil.

Creo que Ana Paula Maia invierte los términos mediante los cuales se construyen la identidad y la pertenencia. La extrañeza y violencia que invoca el lenguaje de Maia es la extrañeza y violencia del que vive en los márgenes, de aquel que contribuye a un proceso civilizatorio que se construye sobre su propia exclusión. El no lugar, desde mi punto de vista, no es tanto la definición de Auge March acerca de la individualidad solitaria, lo provisional o lo efimero, como la imposibilidad de participar de un proyecto de progreso. De esta manera, se construye un palimpsesto junto con el lugar y por eso ambos constituyen las dos caras de una misma moneda. Este palimpsesto permite reconstruir constinuamente el juego de la identidad y de la relación entre Abalurdes y Brasil.

Maia pone el foco en ciertas cuestiones que me parecen fundamentales para entender este juego de la identidad brasileña. Por un lado, la muerte es una constante en la rutina de los lugareños. Si la vida, en el mundo desarrollado e hipertecnificado de la metrópoli, supone una efervescencia continua de producción de bienes de consumo, ahora es la muerte el motor que hace trabajar este submundo. La muerte también señala el reverso de la sobreproducción y el supuesto progreso, la escasez.

Además, la muerte todo lo iguala, al igual que el fuego de la carbonería o el fuego que consume los edificios y las vidas que Ernesto Wesley trata de salvar. Si terminas carbonizado y convertido en ceniza no hay nada que definir, sólo podrán identificarte si conservas los dientes. Ana Paula Maia desdibuja, así, lo que una vez fue humano y tuvo señas de identidad. Sólo nos queda preguntarnos quién fue esa persona, qué la hacía humana y qué lugar ocupaba. Anulando la vida se crea la pregunta por la vida. 

Otro elemento es la violencia que no está unicamente presente en las condiciones de vida o en las profesiones de los lugareños, también está en sus cuerpos. Por ejemplo, Ernesto Wesley, surcado por las cicatrices, sufre de una afección que lo vuelve insensible al dolor de las quemaduras y heridas, constituyendo una forma de aislamiento con el mundo. Este aislamiento también es una forma de violencia. También me encuentro con este encierro en la mina, allí los mineros son idénticos e irreconocibles durante su jornada. Enfrentados a la oscuridad en la profundidad de la mina como topos “son hombres ciegos, sordos y mudos a causa de la ceniza” que añoran, como Edgar Wilson, ver el cielo.

Si me traslado a la cárcel, el aislamiento se traduce en la incapacidad de los personajes que la pueblan de pensar en una posible vida fuera de ella. La cárcel constituye un microcosmos en sí mismo con sus propias reglas de funcionamiento donde la justicia institucional pone las rejas, pero la justicia de dentro los salva o los condena a la muerte. Erasmo Wagner negocia continuamente con esa idea de justicia institucional al negarse a trabajar para los guardias y limpiar la cárcel. Él decide bajo sus propios parámetros cuándo ejercer esa justicia y con quién.

Las consideraciones acerca de la identidad también son ampliadas cuando el límite entre el hombre y el animal se diluye. Podemos verlo cuando el humano y el animal es inidentificable una vez es reducido a carbón para la producción de energía. También ocurre cuando se compara a los mineros con mulas, o cuando la perra de Ernesto Wesley, Yocasta, cava la tumba de la vecina que amenaza con matarla. Qué domina a qué: ¿domina lo humano sobre lo animal o a la inversa? ¿Quién decide quiénes son las bestias de carga en el proceso civilizatorio del Brasil? ¿Son bestias los que soportan toda la carga? ¿Son bestias aquellos que ponen la carga en los hombros de otros?.

En este juego, nosotros lectores, decidimos qué fichas mover, qué lógica aplicar al tablero. Maia nos da las herramientas para cuestionar, pero nosotros tenemos que hacernos cargo de nuestras tiradas. Nosotros somos responsables de nuestra definición de identidad brasileña al ser conscientes de nuestros conocimientos y desnaturalizarlos. Maia me parece una escritora imprescidible porque nos saca de nuestra comodidad lectora, porque cuestiona todo un proceso histórico discursivo que se construye sobre la naturalización de ideas hegemónicas.

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Autora: Ana Paula Maia

Título: Carbón animal

Datos editoriales: Traducción del portugués de Teresa Matarranz. Ciudad de México: Jus, 2018

ISBN: 978-607-9409-93-7

Lengua original: Ed. orig. Portugués

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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