Monográficos

Cesare Pavese | Maria Guasch

Escrit per: Maria Guasch Surribas

Una cita

«Mientras esperaba miraba a mi alrededor: el revoque, áspero en aquella luz; un manojo de hierba sobre la terraza contra el cielo; el gran silencio meridiano. En el estrépito del carro que se alejaba pensé que aquellos, para Oreste, eran lugares familiares, que había nacido y crecido allí, que debían decirle quién sabe el qué. Pensé en los lugares que hay en el mundo y que pertenecen a alguien, que ese alguien lo lleva en la sangre y ningún otro lo sabe. Volví a llamar con la mano».

[El diablo en las colinas, 1948]

Dos libros

Tres amigos, Pieretti, Oreste y el narrador, vagan por las calles nocturnas de Turín, buscando algo que no sabrían decir qué es. Son jóvenes y no tienen nunca sueño. Durante el verano, deciden instalarse en el pueblo de Oreste, un nido de calles colgadas entre viñedos y colinas. Son las colinas que dan nombre a El diablo en las colinas, una novela sobre la amistad juvenil, el desconcierto y la pérdida, la fragilidad y la ambigüedad de las relaciones afectivas y el deseo. Evocadora sin caer en la melancolía, intensa sin necesidad de efectismos, El diablo en las colinas es seguramente uno de los relatos más sencillos y a la vez más densos del universo de Pavese.

Font: Anobii

Tu tierra se presenta, en este sentido, como la otra cara de la moneda de un mismo paisaje, de una misma juventud. La vida en el campo, las colinas y los viñedos, se ofrecen a los ojos del protagonista, un chico de ciudad que acaba de salir de la prisión, como un tejido inextricable de odios y violencias ancestrales, de pasiones y abusos que no conocen otra ley que la de los lazos de sangre. La aspereza de la tierra alcanza una presencia hipnótica a lo largo de unas páginas que se leen de un tirón, casi sin aliento.

¿Qué tiene Pavese?

Tramas sencillas, una escritura ligera, frases cortas y de cadencia suave, como la del propio paisaje que describe, así como la voz equívoca de personajes aparentemente banales se conjugan en el Pavese novelista para crear, como quien no quiere la cosa, un imaginario poderoso, cargado de símbolos y misterio; una mezcla de alegría de vivir y malestar.

El río, la luna o los rastrojos adquieren más presencia que las personas, envolviéndolo de un aire de fatalidad y belleza. Las colinas que rodean Turín actúan como los cantos de sirena que amenazan la frivolidad de la vida en ciudad, la mezquindad y los sueños precarios de unos seres que, lejos de cualquier psicologismo, se nos aparecen en el enigma de la inmediatez, sin saber explicarse ellos mismos ni la inquietud que late tras sus gestos, sus palabras y decisiones repentinas. Pavese es, por encima de todo, un creador de ambientes y de estados de ánimo, un narrador atento a movimiento fútiles de la existencia, siempre contrapuestos a la rotundidad, a la dimensión mítica del paisaje.

Un personaje

Ya sea en el campo o en la ciudad, las aguas del Po ejercen una atracción constante en los personajes de Pavese, hasta el punto de erigirse él mismo -el río-, en un actor fundamental del universo del autor. «Aquel verano iba a menudo al Po. Una hora o dos por la mañana.Me gustaba sudar remando para luego arrojarme al agua fría, aún oscura, que entraba en los ojos y los lavaba.«, nos relata el narrador de El diablo en las colinas.

El río es la vida, la posibilidad de reencontrar un estado más puro de existencia, pero también puede representar la muerte. El mismo personaje nos dice: «Pensaba en aquella idea de Pieretto que decía que el campo calcinado bajo el sol de agosto hace pensar en la muerte. No iba equivocado. El estremecimiento de hallarnos allí desnudos y de saberlo, de escondernos a todas las miradas y bañarnos ennegrecidos como troncos de árboles, era algo siniestro, más bestial que humano«. Del mismo modo, el niño protagonista de El nombre, uno de los relatos que conforman Fiestas de agosto, espera a orillas del río la aparición del misterio, la serpiente de agua que lleva las criaturas guiándose por los ecos de los nombres infantiles que las madres llaman desde los balcones.

Si te ha gustado Pavese, te gustará…

Es casi inevitable enlazar el nombre de Pavese con el de Natalia Ginzburg. Amigos y compañeros en el círculo turinés de intelectuales antifascistas, los dos autores comparten paisaje vital y literario, una misma sensibilidad por las historias y los personajes en apariencia anodinos, una fascinación similar por Turín y los pueblos que lo rodean.

Las voces de la noche es una obra especialmente conmovedora por la manera de construir el tiempo, de conquistar una densidad temporal a partir de pequeños detalles, de diálogos sin importancia, de gestos perdidos, que no encuentran correspondencia, que nadie recoge.

Casi en las antípodas, el fulgor adolescente que se respira en la novela Verano en el lago, de Alberto Vigevano, emparenta secretamente con las experiencias que Pavese narra en Fiestas de agosto. Si la ternura juvenil añadimos la crueldad, a Primera memoria, de Ana María Matute, se pueden encontrar ecos de la obra del autor piamontés en el tratamiento del espacio, hostil y cautivador al mismo tiempo, de resonancias míticas.

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