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¿Existe una forma correcta de leer un poema?

(el poema como un cofre de madera oscura, al fondo de una pirámide o una cueva olvidada, que exige ochenta movimientos de pequeños resortes y para abrirse y por fin revelar su contenido al héroe: ‘si muevo la retórica hacia aquí, y ahora la métrica, en conjunción con las referencias bíblicas, y ahora tiro de la palanca de las influencias del autor, mientras giro la manivela de su biografía … ¡ajá!’. Y dentro de la caja-puzzle, en un pergamino, el Significado Único del Poema, sólo revelado al lector que ha colocado todas las llaves en el orden adecuado)

¡Pues no! Y qué maravilla, que no haya una forma correcta de leer un poema, porque eso es precisamente lo que los mantiene vivos, en la página y entre los labios. Si ese Significado Único del Poema existiera, lo encadenaría a su momento, a sus circunstancias particulares, y no continuaría resonando en los lectores futuros. Un poema surge en unas circunstancias concretas, sin duda, pero su interpretación no se agota ahí. Se presta a ser leído e interpretado de formas distintas con resultados diversos; sugiere, señala, revela.

Ahora bien, hay una serie de estrategias que pueden ayudarnos a leerlo, y así, disfrutarlo de otro modo, descubrir sus pasadizos secretos o llegar a nuestras propias conclusiones. Como en la teoría literaria en general, hay voces críticas que protestan: ‘¡no! ¡así no se disfruta de un poema! ¡un poema te tiene que llegar directamente! ¡eso que haces es… descuartizarlo!’. Yo creo que es más bien como abrir un reloj de pared; ver cómo los engranajes funcionan dentro con una precisión casi mágica hace que maraville más lo sencillo que parece desde fuera.

Pero a mí me encanta la novela gótica, así que aquí está mi receta para descuartizar un poema (y volverlo a coser después, evidentemente).

1. Leerlo una vez, para uno mismo, y así tener una idea general de qué relata

A veces, como en los sonetos de Shakespeare, los últimos versos resumen la idea principal o la conclusión a la llega el poema. Sin embargo, en otros, esas últimas líneas modifican o matizan el significado de todo lo que hemos leído, y nos obligan a releerlo con ese nuevo significado en mente (se me ocurre ‘La parábola del joven y el anciano’, del poeta inglés Wilfred Owen)

2.Leerlo en voz alta

Como Marc explica impecablemente aquí una obra de teatro no está necesariamente escrita para ser representada, y un poema no precisa ser leído en alto para consumarse como poema, o algo así. Sin embargo, algo que diferencia a la mayoría de la poesía de la prosa es el uso de un ritmo, de una cadencia, de una sucesión de sonidos que crean un efecto al ser pronunciados. ‘Parando en los bosques una noche nevada’, de Robert Frost, es un poema de cuatro estrofas, cada una con cuatro versos. El último, ‘And miles to go before I sleep’/‘Y millas que andar antes de dormir’ se repite dos veces, y leerlo en voz alta hace que suene como un conjuro o un mantra que uno se dice a sí mismo para convencerse, como si al repasar las palabras por segunda vez éstas quedaran mejor grabadas en nosotros.

3. ¿Qué tipo de poema es?

Una vez sabemos de qué habla el poema, podemos fijarnos en cómo se organizan sus versos. Hay formas ya marcadas de composiciones poéticas, y si el poeta ha decidido escoger una es porque quiere que esas connotaciones influyan en su lectura, para así inscribirlo en una tradición, comprenderlo con una clave concreta o incluso subvertirlas. El romance, un género poético con unas normas muy concretas, es una composición emblemática de la literatura española; por eso Lorca lo escoge cuando escribe su Romancero Gitano, tan distinto de su Poeta en Nueva York.

4. ¿Qué lenguaje usa? ¿Cómo son sus palabras, cómo se organizan en el poema?

A veces, el autor escoge palabras que parecen carecer de cualquier elemento poético, como en ‘El ciudadano desconocido, de Auden, lleno de términos burocráticos: ‘La Oficina de Estadísticas encontró que era/uno de aquellos contra los que no existe queja oficial’. Lo mismo hace Stanislav Lem, pero en su relato ‘El Electrobardo de Trurl’, en el que una máquina compone un poema que habla ‘del amor y de la muerte, pero expresándose en términos de matemáticas superiores, sobre todo los del álgebra de tensores. Puede entrar también la topología superior y el análisis. Que el poema sea fuerte en erótica, e incluso atrevido, y que todo pase en las esferas cibernéticas’. La traducción española es buena, pero la inglesa es increíble:

I see the eigenvalue in thine eye,
I hear the tender tensor in thy sigh.
Bernoulli would have been content to die,
Had he but known such a² cos 2 Ø!

Estos dos ejemplos son bastante extremos. ¿Por qué se esfuerzan en escoger palabras tan… antipoéticas? Pues para diluir y emborronar los límites de lo supuestamente poético, tal vez; para reivindicarlas como poéticas, quizás; para resaltar la incapacidad del sistema de hacer un hueco al arte o la humanidad, en el caso de Auden; porque puede, en el caso de Lem.

Góngora es famoso por crear poemas enrevesados, tanto en el plano semántico como en el conceptual, pero en el soneto ‘Mientras por competir con tu cabello’ no necesita ninguna palabra guardada en la página más carcomida del diccionario para crear el efecto que busca. Compara los atributos de la amada con ‘oro, lilio, clavel, cristal luciente’, palabras que evocan suavidad, colores, brillo, y una ligereza que se extiende a la pronunciación, con todas esas eles e íes. Y tras construir los versos con toda esa luminosidad, la arranca de cuajo, la hunde, pues todo se convertirá pronto en ‘tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada’, un verso final ni radiante ni delicado, que cae sobre el lector como un hachazo.

Un ejemplo de esto que me encanta lo firma Emily Dickinson, en su poema ‘Because that you are going…’. Trata de la muerte de los seres queridos y el dolor que causa, y termina con la esperanza de que Dios, en algún momento, nos los devuelva:

If “All is possible with” him
As he besides concedes
He will refund us finally
Our confiscated Gods—

‘Confiscated’ y ‘refund’, ‘confiscados’ y ‘reembolsar/reintegrar’, respectivamente, son términos legales, mercantiles, o, en cualquier caso, tremendamente humanos. Nada tienen que ver con cómo uno pensaría que se declama acerca del Cielo o de la Resurrección; pero justo eso hace pequeñita a la voz poética frente a una dimensión incomprensible y abismal para la que no tenemos siquiera un lenguaje, como es la muerte, y a la vez… le da cierta dignidad, como si estuviera dispuesta a estudiarse el código penal entero para reclamar ante una inconmensurable multinacional divina.

5. ¿Qué imágenes poéticas crea?

En ocasiones, lo más evocativo de un poema no está en su lenguaje, sino en el poder de las imágenes y los conceptos que despliega para el lector. Ahí radica, por ejemplo, la fuerza del poeta griego Cavafis y su impermeabilidad a los cambios de idioma; no importa a qué idioma se traduzca, su visión poética permanece-. En una clase de español, una estudiante americana me dijo que unos versos de Miguel Hernández, pertenecientes a su ‘Elegía a Ramón Sijé’ le habían impactado por la pasión descorazonadora que muestran, la crudeza desesperada de la tristeza que expresan. En ellos, Hernández llora a su amigo muerto:

  Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.
.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

 

En fin, estos son los pasos que (de forma mucho más caótica y asistemática de lo apañadito que parece en esta lista) llevo a cabo cuando me gusta un poema. También lo escribo, porque copiarlo a mano da relieve a palabras inesperados, o intento memorizarlo, que parece que es una forma de domar el poema pero en realidad es darle el poder para que te asalte cuando quiera (yo ya no puedo mirar un bosque sin pensar en el poema de Robert Frost que he mencionado antes, donde dice que the woods are lovely, dark and deep/).

Pero un poema jamás permanece estático, ni siquiera para el mismo lector; un verso aparentemente irrelevante se convierte en su clave, diez años después de descubrirlo. Como en ‘La Historia Interminable’ de Ende, cada estrofa puede dar pie a otra historia, que será contada en otra ocasión. Un poema no es un cofre abierto por una única llave; un poema son estrellas en el cielo, y es el lector quien traza la constelación.

 

 

 

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