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Un cuento para entender a Virginia Woolf

Virginia Woolf, la mires desde donde la mires, nunca pierde el brillo: la dualidad sexual que trabaja en Orlando (1928), la dinamitación absoluta del tiempo en La señora Dalloway (1925), o la reflexión literaria con la mujer en el centro en Una habitación propia (1929).

Pero hay un pequeño cuento, anterior a todas estas obras paradigmáticas, que no podía dejar que pasara por aquí sin pena ni gloria. The mark on the wall es un cuento de 1917 que en 1921 se agrupa en el libro Monday or Tuesday. Se puede encontrar en castellano en la edición de Olañeta y la versión ilustrada que publicó Nórdica.

En este pequeño relato confluyen todos los elementos que ensalzan Virginia Woolf como una de las principales agentes transformadoras de la novela moderna. The mark on the wall comienza: «“Sería a mediados de enero del presente año cuando levanté la vista y vi por primera vez la marca en la pared”. Este pequeño pretexto, esta marca en la pared servirá de motor para despertar uno de los mecanismos literarios más conocidos de Virginia Woolf y todo el Modernism inglés: el flujo de conciencia. Estamos ante un relato donde Woolf, además de llevar los elementos a la práctica, reflexiona, los explicita, los comenta como si se tratara de un ensayo, un manifiesto en pequeñas pinceladas.

“Con que facilidad nuestros pensamientos se arrojan sobre un nuevo objeto y lo levantan un poco, como hormigas frenéticas que alzan una brizna de hierba, para luego abandonarlo…”. Todos sabemos que eso no es cierto, que la maestría de Woolf está precisamente en ese frenetismo controlado, porque el flujo nunca se pierde y siempre se recupera.

La autora nos presenta un pensamiento que se dispersa constantemente, que es claramente impreciso. En este relato, además, esta crítica al pensamiento es un crítica, en última instancia, a la futilidad de la vida y a la miserable condición humana (recordemos que estamos a finales de la I Guerra Mundial), que después de tantos siglos de civilización parece no haber entendido nada, sólo a perder cosas por el camino. Una vida precaria vacía la observadora de la mancha en la pared. La grandeza de Woolf es, precisamente, esta capacidad rellenar estos vacíos con la más alta demostración del arte.

“Sí, eso parece expresar la celeridad de la vida, el desgaste y la renovación constantes, todo tan fortuito, todo tan arbitrario…”

La I Guerra Mundial no sólo introdujo una nueva confrontación bélica industrializada y totalmente nueva sino que dejó una Europa sacudida y profundamente traumatizada como se ve en La señora Dalloway. A menudo se criticó «el escapismo» literario de los autores del modernism inglés. Estos autores buscan, a través de la renovación de las técnicas narrativas, de este cambio de paradigma, representar esta vida ya como algo sin sentido, puramente arbitrario, el relato de una sociedad que ha cambiado para siempre, un trauma que se ha instalado para quedarse a vivir.

“Es como despertar a medianoche por una espantosa pesadilla: nos apresuramos a encender la luz y nos quedamos quietos, adorando la còmoda, adorando la solidez y la realidad, dorando el mundo impersonal que es la pruebla de una existència ajena a la nuestra”.

¿Cómo representar la historia ante tales circumstancias? En este relato ella explicita el poco interés que siente por la ficción histórica, a favor de unas nuevas técnicas narrativas: “Ojalá pudiera dar con un agradable hilo de pensamiento, un hilo que indirectamente me dejara bien parada”.

“Los novelistas del futuro comprenderán cada vez más la importància de estos reflejos, porque no hay un único reflejo, por supuesto, sino un número casi infinito; estas son las profundidades que exploraran, los fantasmas que perseguiran. Omitirán gradualmente de sus historias la descripción de la realidad, que daran por sabida, como hicieron los griegos y quizá Shakespeare…, però estas generalizaciones no son necesarias. El sonido militar de la palabra es suficiente”.

¡Y entre palabras premonitorias tenemos todo su proyecto narrativo! El cambio de paradigma implica que proyectos literarios como podrían ser el de Balzac o Victor Hugo, este intento de radiografiar una sociedad entera como algo unitario y con sentido, estos relatos cerrados y unitarios, dejan de tener sentido. ¿Cómo se representa la sociedad de la matanza?

El realismo deja de tener sentido en este contexto; las certezas se convierten en sombras; las personas, fantasmas, sujetos desdibujados, imperfectos, agrietados. El mundo en que vive Woolf ya no necesita crear un relato histórico con eventos sino una deconstrucción total de la historia. Recordemos que además del contexto bélico se debe tener en cuenta que la época se corresponde con una revolución total en el terreno de la psicología, con el psicoanálisis.

Esta ausencia de verdad o de relato único, de certeza, de realidad objetiva tiene relación precisamente con el contra discurso que se está gestando en el terreno de la literatura y que explotará con la II Guerra Mundial, en contra del relato único del progreso que se gestaba desde la Ilustración. Un relato que ya no representa a Woolf porque contradice lo que se está viviendo, contradice los hechos y contradice su condición de mujer.

La mujer del relato se podría haber levantado hace rato para encontrar la respuesta a la maldita pregunta: ¿qué es esa marca en la pared? Pero Virginia Woolf prefiere llevarnos a través del relato por los lugares que a ella le interesan. A través de esta incertidumbre y desazón constante que nos produce el desdibujamiento de la marca y la imposibilidad de saber de qué se trata, nos habla de su proyecto narrativo, que no deja de ser una subversión decidida de la realidad. Y nos lleva, finalmente, a un desenlace del todo absurdo, que no merecía un relato, o sí? Un final absurdo y arbitrario, en última instancia, como la vida misma.

“Qué ocupa ahora el lugar de esas cosas, me pregunto, de esas cosas teóricamente reales? Los Hombres, tal vez, si se es una mujer; el punto de vista masculino que gobierna nuestras vides, que dicta las normas…”

Y estos discursos, que adquieren la naturalidad del pedestal, se pueden invertir, subvertir porque son interesados, políticos, ideológicos.

podéis leer el monográfico de Virginia Woolf, escrito por Helena Villalobos, aquí.

 

 

 

 

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